Historia de un árbol. Capítulo 3: María.

La pequeña niña de diez años miraba todos los días el cristal, tras el cual,la guitarra lucía quieta desde siempre, por lo menos que ella recordara. Junto a la guitarra, violines, violonchelos y demás instrumentos de cuerda componían lo expuesto en la tienda llamada: “CARLOTE E HIJOS”. Sin que nadie lo supiera, aquella niña suspiraba a diario por la guitarra de sus sueños. Desde siempre sintió pasión por ese instrumento y su maestro Ricardo tenía parte de culpa en ello. Una tarde Carlote quedó perplejo al contemplar como aquella niña miraba fijamente la guitarra; hipnotizada, no parpadeaba. Desde aquel día, estuvo pendiente de ella, admirando la forma en que pasaba las tardes pegada al escaparate, hubiera jurado que la niña conversaba con el instrumento. Se convirtió en un espectáculo para él, casi una rutina, de reojo contemplaba la delgadez de su cuerpo que la hacía parecer más pequeña de lo que realmente era, y fijaba su interés en el brillo de aquellos ojos achinados por la fuerza que las colas ejercían sobre ellos. Veía cómo de forma sutil se sentaba en el bordillo del escaparate y pegaba su diminuta nariz al cristal, entonces se quedaba absorta, paralizada casi, mirándolo. Tras las cortinas que daban al taller, intentaba entender la obsesión de aquella niña. Fueron pasando los meses y un día Carlote decidió intervenir y le dijo:
– ¿Te gusta?
Ella ni lo escuchó, estaba paralizada. Sorprendentemente continuó diciendo:
–Te la regalo, es tuya. –Se sintió mejor pensando que acababa de hacer una buena acción, en definitiva la guitarra era un trasto que le había ocasionado muchos quebraderos de cabeza y sería muy difícil venderla. Se preguntaba a qué músico le podría ofrecer una guitarra empeñada en desafinar y cuyas cuerdas se rompían tan fácil. María no podía creer lo que le estaba pasando, la tomó contra su pechó y agarrándose al cuello de Carlote lo besó y le dijo:
– ¡Gracias!
Por un momento sintió que la guitarra estaba en las manos correctas, era como si todo encajara y hubiera un motivo para todo. De pronto le dijo:
—Cuídala mucho tiene carácter, es una guitarra rebelde, he dedicado muchos años de mi vida a ella. Es tozuda como una mula vieja, te lo digo yo que la conozco bien. —Hablaba de ella como si fuera su novia o su mujer, una mujer con la que no se llevaba bien pero a la que adoraba. El primer día que vio a la niña junto al escaparate comprendió que debía dejarla marchar, que su parte en esa historia había concluido,—todo fluye—se dijo.
–Seguro que sabrás hacerla sonar –No era capaz de explicar por qué, pero sentía que ella podría conseguirlo, se sintió feliz y contrariado al mismo tiempo, dejaba marchar lo que iba a ser su jubilación y el viaje de sus sueños.
Lo que notó cuando la tuvo por primera vez entre sus manos no lo olvidaría jamás mientras viviera, ni la infinidad de sensaciones que percibió. Se sintió rodeada por una multitud harapienta que susurraba frases inentendibles. No reconoció el lugar, el follaje la intimidaba, apenas podía moverse entre tanta vegetación. La agradable sensación de bienestar la hizo elevarse, flotar a gran altura tomando una posición ventajosa de manera que era capaz de hacerse una idea de la inmensidad del paraje. No tenía miedo, era paz, una paz inmensa inundando cada célula de su organismo, descomponiéndola y atravesando cada porción de su diminuto cuerpo. Se dejó llevar, no podía hacer otra cosa, no tenía control sobre nada. El olor a madera penetró en sus pulmones colapsando casi la respiración, no era una sensación dolorosa a pesar de las dificultades para respirar. Cuando se dio cuenta se encontraba tumbada sobre una inmensa superficie de madera que la acogía como lo hacía su madre cuando la mecía entre sus brazos. Unos acordes de guitarra la acompañaron a volver en sí.
Aprendió a tocar, no tardando mucho tiempo en descubrir que las notas que brotaban de la guitarra tenían algo más que decir. Empezó a practicar y descubrió que tenía un don que desconocía para la música, o ¿quizás fuera otra cosa?, lo cierto es que las notas venían directamente a su cabeza sin saber muy bien por qué, y sus dedos algo torpes al principio, se mostraron muy ágiles en poco tiempo. Cuando tocaba se relajaba de manera que la música que su cabeza percibía pasaba directamente a sus dedos, intérpretes involuntarios de melodías en ocasiones melancólicas. No era dueña de sus sentidos, el instrumento la inducía a un estado de semi-inconsciencia donde la música se fundía con visiones extrañas que no llegaba a entender pero que se convirtieron en cotidianas a fuerza de repetirse en su cabeza. Veía un barco nuevo, enorme y muy lujoso abandonado en un muelle abarrotado de barcos oxidados, otras veces eran parajes exóticos donde la naturaleza configuraba formas caprichosas y los árboles lo cubrían todo, veía siluetas de niños parecían un grupo pero no sabía qué significado dar a todo ello. El don se hizo cada vez más evidente, era imposible ocultar las destrezas a la guitarra de aquella niña, capaz de interpretar cualquier partitura por compleja que fuera a la perfección. Empezó a destacar y fue su maestro quien decidió que debía mostrar su talento.
—María no lo entiendes pero esto no es algo que debas ocultar y acaparar para ti sola. — dijo Ricardo de forma pausada, lo había reflexionado largo tiempo antes de lanzarse a hablar con ella.
—Pero Ricardo yo no quiero tocar para nadie, me siento feliz cuando estoy a solas y…—calló de forma repentina.
— ¿Y qué María?, continúa di lo que tengas que decir.
—No tengo nada más que decir. —sentenció.
Ricardo sabía perfectamente que tras su silencio se escondía algo más, pero no se atrevía a seguir indagando.
—María no lo entiendes pero tu música es diferente, no he escuchado nunca nada parecido, y te aseguro que toda mi vida he estado dedicado por entero a ella. No debes de ocultar tu talento, y lo más importante, debes compartir tu música, es algo excepcional y hará bien a mucha gente lo presiento.
Se quedó en silencio, meditando qué decir, para ella eran momentos muy íntimos, la magia que surgía al tocar la hacía evadirse de la realidad, como si se desplazara a otra dimensión.
—Te voy a hacer caso,—adoraba a su maestro y sabía que podía confiar en él ciegamente.
Los rumores acerca de su música se empezaron a extender y los teatros se abarrotaban para escuchar a la niña prodigio de la guitarra. La fluidez y calidad con la que componía mantenía fascinados a maestros de todos los lugares que acudían a estudiar el caso por si había algún tipo de engaño. Después de meses de seguimiento no pudieron más que rendirse al virtuosismo de la pequeña. Los sonidos de la guitarra evidenciaban que la música tenía poder en sí, tenía la capacidad de hacer vibrar los tejidos más profundos, alteraba estados de ánimo y era de una enorme belleza, incluso hubo quien se aventuró a afirmar que esa música podría sanar enfermos.
—Dime la verdad María, le preguntaba una y otra vez Ricardo, ¿Cómo lo haces?, —pero ella siempre lo miraba y se limitaba a encogerse de hombros. La observaba detenidamente por si atisbaba algo pero después de un rato y casi desesperado se volvía a casa sin la respuesta, la música brotaba de sus dedos a borbotones.
Carlote también se hizo eco de sus éxitos, de incógnito presenciaba sus actuaciones y aunque orgulloso al principio por sentirse partícipe, empezó a mascullar en su cabeza ideas sobre cómo beneficiarse de ello. Si no hubiera sido por su intervención ella jamás habría llegado tan alto. Esa guitarra era obra suya, él encontró la madera y él malgastó su salud en construirla, los largos años dedicados a ella lo habían marchitado físicamente y como pago no tenía nada, perdió un gran cliente y su fama se vio afectada tras el descalabro con la guitarra. Merecía parte de beneficio, lo exigiría.

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