Los Tanenbaum

Cuando él llegó trajo consigo la lluvia y una intensa calma. El viejo roble agradeció su presencia haciendo brillar sus hojas de un modo especial, con un verde profundo. Nunca más mostró sus galas de aquella manera el viejo guardián. El agua limpió el ambiente enrarecido de los últimos meses, parecía que no volvería a llover nunca, pero no fue así, él la trajo, como también trajo la calma tan necesaria. Los viejos del lugar no recordaban una sequía tan prolongada, un calor tan excesivo, se hacía insoportable a ciertas horas del día. El viejo roble aguantó como pudo las inclemencias, resistiéndose a morir después de tantos años, no consideró que fuera una forma digna de dejar este mundo, así que no se dejó vencer y plantó cara lo mejor que pudo.

Llovió durante cuarenta días con sus cuarenta noches. El cielo plomizo no dio tregua hasta la mañana número cuarenta y uno cuando un rayo de sol atravesó la barrera nubosa incidiendo sobre el tejado de la mansión de los Tanenbaum. La claridad hizo que todos salieran a la calle a contemplar el espectáculo. Poco a poco, el azul se fue haciendo hueco, desplazando a las nubes.

Los Tanenbaum esperaron por años su llegada. Poseedores de una inmensa fortuna lo tenían todo menos lo que más deseaban. Fruto de un opaco negocio, el pequeño Tanenbaun reunía una serie de características únicas como resultado de una elección a la carta: rasgos similares a ambos progenitores para simular un origen natural, junto con un estudio exhaustivo de sus capacidades intelectuales que propiciaran la continuidad del imperio construido por la saga familiar. El pequeño Tanenbaum llenó la oscura mansión de alegría.

Todavía recuerdo la mañana en la que el pequeño se escapó y salió corriendo ladera arriba hacia lo alto de la colina, donde el viejo roble parecía esperarlo. Contaba  entonces con tres años escasos. También recuerdo como la jauría de criados salió tras él cuando se dieron cuenta de que había desaparecido. Fue asombroso como logró escabullirse de tan abigarrada custodia. Clara Tanenbaum hacía todo lo posible por lograr el cariño del pequeño. Se desvivía en regalos, sorpresas y atenciones, más el pequeño, aturdido por tanto objeto sin interés, evadía la presencia de su madre siempre que podía. No hacía lo mismo con Lola, la criada, que no paraba de hacerle caricias en las mejillas, regalándole algún beso que otro a escondidas de la señora Clara.

Las visitas al árbol se volvieron rutinarias. Con toda suerte de artimañas lograba zafarse de sus guardianes para, al menos una vez al día, conseguir tumbarse bajo su sombra por un rato. Fue Lola la que se percató de que el niño hablaba con el árbol, no dijo nada por no perjudicar al pequeño, pero una rara sensación de desasosiego se apodero de ella desde entonces. Temía que el crío no andara muy bien de la cabeza o algo parecido.

-¿Sabes viejo amigo? todavía recuerdo la primera vez que te vi como si fuera hoy. Me diste la bienvenida haciendo lucir tus hojas con ese verde profundo que reservas para las ocasiones especiales. Siempre lo has hecho, una vez tras otra-dijo mientras se acariciaba el pelo -¿Sabes viejo amigo? creo que no ha cambiado nada. Parece que todo se repite, sólo las caras y los objetos que decoran las casas son diferentes-continuó diciendo con la mirada perdida sobre el horizonte-¿Sabes viejo amigo? quizás tengamos que marcharnos definitivamente, puede que haya llegado la hora de partir -murmuró mientras contemplaba la belleza de lo que había permanecido casi inalterable: el viejo bosque en el fondo de la ladera, el abrupto acantilado que parecía transmitir los rugidos del mar enfurecido al chocar contra las rocas y el sendero que conducía hasta la casa en el lado opuesto.

Llegó a los catorce colmado de caprichos ajenos, de extravagancias que no le arrancaban el más mínimo gesto de satisfacción, a la vez que su padre empezaba a iniciarle en el dominio de las intrincadas maniobras que requería la gestión del vasto imperio comercial. Tanenbaum percibía el desinterés de su hijo sobre las cuestiones empresariales, no quería admitir que quizás el chico  tenía otras apetencias personales en este sentido, convenciéndose de que con el tiempo cambiaría.  “Cuando las hormonas reposen y calmen en unos cuantos años, se convertirá en lo que ha de ser: un gran hombre de negocios”.

Pero Henry Tanenbaum andaba cada vez más disperso, ensimismado en quién sabe qué pensamientos día y noche, atosigado por una estricta rutina que lo encorsetaba a una serie de actividades planificadas. Siempre desayunaba solo, el padre desaparecía con las primeras luces del día mientras la madre permanecía en cama hasta bien entrada la mañana, aquejada de jaquecas intermitentes que aparecían y desaparecían a la carta.

-El desayuno está servido señor- una vocecilla discreta, apenas perceptible musitó.

Sin levantar la cabeza asintió.

-¿Desea el señor otra cosa?

Por cortesía levantó la mirada para contestar. Ella sonrió discretamente al tiempo que se ruborizaba.

-Todo está bien, gracias. A propósito ¿quién es usted?

-Soy Matilde, la sustituta de Lola.

-¿Lola, qué le ha pasado, dónde está?-preguntó angustiado.

-Ha tenido que marcharse repentinamente, partió anoche para cuidar a su madre que anda muy delicada de salud, mientras tanto, yo ocuparé su lugar.

-¿Qué cuidarás de mí? no creo que tengas más edad que yo.

-Tengo diecisiete años, más estoy curtida en labores del hogar, creo que sabré desempeñar mi trabajo como se espera de mí.

Henry Tanenbaum dudaba que aquella delicada criatura pudiera sustituir a Lola en la complejidad de sus tareas, sobre todo en inventiva nocturna cuando quedaban para contar historias de miedo a la hora de dormir.

-Mereces el beneficio de la duda- sonrió.

Matilde brindó a Henry, además de un sinfín de sonrisas azuladas, una amistad sincera. Su compañía le agradaba cada día más, despertando  inevitablemente otros sentimientos a los que se sentía inmune o particularmente ajeno por su condición especial.

-¿Sabes Henry?, ahora que te conozco no entiendo los comentarios de mi bisabuela acerca de ti y de tu familia.

-¿Comentarios?

-¿No lo sabes?, en el pueblo hace muchos años que se rumorean cosas acerca de algunas extrañezas  de vuestra saga familiar.

-No entiendo lo que tratas de decirme.

-Yo solo creo lo que cuenta  mi bisabuela, aun así, después de conocerte, pondría en duda todo lo que ella me ha relatado.

-¿Podrías aclararme un poco, ser más concreta?

-Mi bisabuela tiene la suerte de haber vivido cerca de los ciento diez años. Ha visto morar en la mansión  cuatro generaciones de Tanenbaum y cree haber descubierto un patrón que se repite en todas las generaciones.

-¿Podrías ser más explícita?-replicó tratando de buscar el gesto adecuado para asegurarse de que no despertaba suspicacias.

-No tengo mucho tiempo ahora para darte detalles, además es una hipótesis retorcida y complicada de explicar, quizás sea mejor que te la cuente ella misma, si es que tienes tanto interés en descifrar las elucubraciones de una anciana.

-No me preocupan las habladurías malintencionadas de la gente del pueblo, son leyendas urbanas debidas al poco contacto que mantiene la familia con el exterior. La mansión está aislada y eso genera incertidumbre sobre lo que sucede con sus moradores, no hay nada más.

-Puede que tengas razón Henry, pero te aseguro que  la hipótesis de mi bisabuela no carece de fundamento, puede que hasta tú te sorprendieras de sus pesquisas.  Me encantaría presentártela, es una mujer excepcional, quizás alguna tarde quieras acompañarnos a merendar, así podrías escuchar todo lo que ella lleva guardado en su cabeza  y anotado en una especie de diario de especulaciones.

-Se me olvidó comentarte que ella estuvo trabajando como ama de llaves desde que tenía mi edad, lo que sabe  procede de primera mano, no de cotilleos ni conversaciones maliciosas.

Henry levantó la ceja en gesto complejo, tal vez preocupado o puede que sorprendido.

Aquella tarde acudió a tumbarse bajo el viejo roble caminando pensativo. A pesar de que había llovido intermitentemente durante la primavera, de un día para otro una tonalidad ocre en las hojas ubicadas en los extremos de las ramas hizo que Henry se llevara las manos a la cabeza.

-En todo el tiempo que llevamos juntos en ésto, jamás te vi lucir este color, ni siquiera durante las tremendas sequías que preceden a los retornos. Tal vez  has hecho caso a mis plegarias y has decidido que  partamos de una vez por todas- dijo mientras  una sensación dolorosa le comprimía el pecho, pensó en ella durante un instante.

-Ya sé que no debo intimar, jamás lo he hecho tú me conoces.

Mientras se afirmaba en su postura, a las palabras que salían por su boca le  acompañaban los recuerdos del olor de su cabello castaño, las sensaciones que los leves roces de sus manos le provocaban, el nerviosismo precedente a cada cita y entonces comprendió que por primera vez en siglos no quería marcharse, quería terminar de una vez por todas allí, junto a ella.

Una ligera brisa  recorrió con ellos el camino hacia la casa de la señora Tina, no cesó ni un instante,  provocando un curioso  balanceo en las ramas de los árboles que decoraban ambos lados del sendero hacia la salida de la hacienda, simulando una extraña danza al compás de una melodía inaudible.

La casa situada en una zona apartada de la villa disponía de un pequeño jardín vallado repleto de  buganvillas y  azucenas. En un sillón junto a la ventana, con la cabeza dejada caer en el pecho, disfrutaba de un profundo sueño cuando llegaron. Matilde la besó despacio en la frente haciéndola despertar.

-Abu, el señor Henry Tanembaun está aquí.

-No, no, llámeme Henry se lo suplico, Tina- puntualizó, rectificando la presentación.

La anciana necesitaba ayuda para realizar algunos movimientos, pero costaba creer que a esa edad pudiera mantener  la viveza en  la mirada de aquella manera.

-Lo sabía, eres exactamente igual que tus ancestros, no podía ser de otra manera, te hubiera reconocido sin necesidad de presentaciones- apuntó con una lucidez asombrosa.

-Matilde cariño, sírvenos el té con las  pastas que habías preparado.

-Claro abu, enseguida.

Mientras Matilde se marchó a la cocina, Tina aprovechó para estar un momento a solas con Henry y así poder charlar con él en privado.

-Ahora te haces llamar Henry, pero creo que antes fuiste Michael y antes que Michael fuiste Leonard y antes…

-No es necesario que continúe Tina, creo que van a sobrar algunas explicaciones en la conversación que mantengamos esta tarde.

-Lo único que quiero es que confirme mis pesquisas o las rebata justificadamente, necesito morir tranquila sabiendo que no estoy loca.

-No se preocupe que eso no sucederá.

-Aquí está el té – interrumpió Matilde.

-Esta tarde no sé por qué demonios no me encuentro muy bien del todo, tenía pensado charlar largo y tendido con el señor Henry Tanenbaum pero me tendrá que disculpar porque no creo que pueda. No se preocupe que su visita no va a ser en balde, le voy a entregar para que ojee mi diario, creo que mi Matilde ya le ha informado sobre su contenido, así que tendrá para entretenerse por unos días. Cuando lo haya revisado, vuelva usted para continuar la conversación  donde la hemos dejado, de esta manera me ahorraré mucho tiempo en explicaciones e iremos directos al grano. Como comprenderá, tiempo es justo lo que no tengo y el que tengo le aseguro que debo aprovecharlo lo mejor que pueda.

Dejó caer la cabeza esta vez hacia atrás y comenzó a roncar.

-Abu, abu, despierta-intentó zarandearla al tiempo que Henry la detuvo y le instó a dejarla descansar.

Se marchó de allí sin decirle que la recordaba, que la primera vez que vio a Matilde reconoció en ella a Tina, aquella mujer de voluntad inquebrantable que gobernaba la casa con absoluta perfección. Durante el camino de vuelta, recordó la llegada a casa de aquella joven ama de llaves, su buen hacer durante los casi cincuenta años que se mantuvo activa sin que hubiera forma de que abandonara sus tareas. Esbozó una sonrisa al recordar como en los últimos años simulaban labores que requerían  poco esfuerzo para que ella se sintiera útil sin sentirse desplazada por la edad.

La recordó en cada uno de los últimos retornos, cada vez más avanzada en edad, más deteriorada por el paso del tiempo, pero manteniendo esa agudeza, esa viveza en los ojos que hacía que ningún detalle pasara por alto ante ella. Estaba seguro que esa mujer sabía mucho más de lo que él mismo podía imaginar, su mente era más que brillante.

Absorto en sus pensamientos regresó a la mansión, esta vez solo y con un robusto tomo manuscrito en sus manos. No quiso abrirlo hasta no sentarse cómodamente en su escritorio, así que lo único que hizo fue acariciar el lomo con gesto cariñoso.

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