Donde nunca ocurre nada.

En los pueblos pequeños y aislados todo transcurre despacio, las costumbres incólumes se hacen leyes, el progreso pasa de largo mientras el tedio se adueña de todo. El tedio tuvo la culpa, fue el desencadenante. Lejos de la élite, aquellos adolescentes, casi todos con situaciones personales complicadas, decidieron aquel día que no tenían nada que perder. Me fijo en él, el protagonista, de diecisiete años, separado de su gemelo que anda reparando males en un centro de menores. La idiosincrasia de la genética que es capaz de retorcerlo todo generando gemelos univitelinos ortogonalmente opuestos.

Reservado, de mirada tranquila, guarda dentro un mundo inaccesible de sentimientos, puede que de rencores, de rabia por saberse mejor y verse obligado por la tiranía del sistema que lo reubica del lado del que no llegará mucho más lejos en la vida.

No es fácil nadar a contracorriente, decir que no a lo que se nos ofrece, no seguir a la manada, renunciar al humo que embota sentidos mientras notas las risas a tu espalda. Ahora soy él, retrocedo a los diecisiete, observo paciente el entorno, lo que fluye de mano en mano. Así es como comprendo la magnitud del personaje. Tiene algo pensado, mira a los otros con la superioridad de quien entiende que hay otras formas, otros modos de conseguir lo que le ha sido negado. Orgullo amalgamado con necesidad, sobrevivir sin poner la mano, demostrarse a sí mismo que no necesita a nadie.

Le toca a ella, la chica, su chica. Se tienen mutuamente, se sujetan y amparan. De aspecto frágil, tez blanquecina maquillaje excesivo, comparte con él la etiqueta social del ninguneo. No es como él y lo sabe, a ella le gusta pintar, le atraen los colores, cómo combinarlos. Ella lo mira siempre con amor, mucho amor. A su manera la cuida, la protege, la quiere, a su manera va tejiendo en su mente la forma de salir de allí.

Los demás lo siguen sin tener muy claro por qué, lo miran a veces con desconfianza otras con silente admiración. Son tres con nada en común, salvo el vacío del tiempo que va pasando sin que nada suceda. El invierno se hace notar calando hasta los huesos en la enorme sala. Un par de ordenadores al fondo con conexión intermitente a internet, tres estanterías con libros a los lados. Calefacción ninguna, los tiempos son los que son. El ayuntamiento ha optado por no cerrar la biblioteca para ofrecer un lugar de encuentro a quien lo necesite. Nadie pasa por allí, salvo ellos.

Los ha citado allí a todos. Nadie sabe qué quiere esta vez, qué planea, aunque ella intuye. De un tiempo a esta parte algo sucede, anda disperso, raro, ensimismado. Apenas queda con ella y cuando lo hace, no huele su deseo, ni responde a insinuaciones. Entiende sus rarezas, las acepta como si no quedara otro remedio, lo sabe así desde siempre, tal cual lo dejó entrar en su vida. Los mira atento, a cada uno, con gesto severo como el padre que va a reñir a un hijo. Espera que dejen de pelearse, de hacer ruidos innecesarios, de comportarse como lo que son: adolescentes marginados ávidos de estímulos que orienten su energía.

– Tengo un plan- dejó que estas palabras vibrasen en sus oídos y reaccionaran prestándole atención.

– Llevo tiempo planeando la forma de acabar con esto, no soporto la idea de ver pasar los días uno tras otro sin hacer nada. Me asquea pensar que todo está organizado, predispuesto para que nosotros no salgamos adelante. No voy a acabar como mi hermano, ese es el camino fácil, hay otros…

Le escucharon medio en broma medio en serio, con la tranquilidad del que no tiene nada que perder.

– Tengo dinero, no os daré detalles de cómo lo he conseguido por ahora. Me quedan tres meses para la mayoría de edad, para entonces necesito saber quién se larga conmigo.

-¿Tienes pasta y no nos has dicho nada, kevin?,-eres un cabrón hijo de puta- intentó agarrarlo del cuello uno de los tres.

– Tengo y no tengo…, todavía-sentenció Kevin.

Tres fríos meses de invierno se hacen eternos donde nunca ocurre nada, la nieve no desaparece ni da tregua, el tiempo no tiene prisa lo pausa todo, menos a Kevin que convertido en Merlín, traza con ceros y unos poéticas líneas de código, bellos versos en lengua inglesa, que como por arte de magia a ritmo acompasado, incrementan las cifras de una cuenta bancaria a buen recaudo.

Nadie los echará de menos. Como el viento que todo lo barre, que todo lo borra, desaparecerán de allí una mañana cualquiera. La primavera devuelve el color al paisaje; a ellos no les importa, están lejos, ajenos a trivialidades sobre colores, la vida les espera.

La vida es difícil aun cuando tienes soporte, sobrepasa, aturde, no siempre es como habíamos imaginado. Dos inviernos son suficientes para que casi todos vuelvan, Kevin no lo hace, no tiene raíces, nadie lo espera. No es feliz, le falta algo, desconoce lo que es, por ahora…

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