XII Edición de relatos en cadena.

Habría cogido alguna vez un hilván, cosido un pespunte, bordado un tapete, si mi madre no se hubiera empeñado en que debía aprender un oficio de hombres e insistido en que las agujas no eran para mí.
Y así lo hice. Para dar gusto a mi madre estudié ingeniería de caminos, una carrera muy masculina, mirándolo con sus ojos.
Ahora, en mis ratos libres,  trazo   planos de carreteras en una reliquia Singer a pedal. Dibujo en un lienzo entretelado,  líneas continuas con hilos de algodón blanco o amarillo para distinguir los tramos en obras. Trazo discontinuas con puntadas rectas mientras reservo los zig-zags , nidos de abeja, puntos invisibles, para decorar cunetas  en tonos verdes a veces y otros ocres. Me dejo llevar en los tramos de intersecciones con complicados entolados en tules a juego con el asfalto.

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La fastidiosa mosquita con su lengua veloz se afanó en lamerme la mejilla, una vez tras otra, en perversas caídas en picado. La dejé hacer, persuadiéndola de que no actuaría en su contra. No osé molestarla ni con un mal gesto. Puro teatro. A la vigesimoctava pirueta, (llevé la cuenta), cayó presa del cansancio, aposentándose en el más abrupto de los pliegues de mi cara. La mecí sutilmente agitando el labio superior con un temblor practicado a golpe de mondadientes. Sintiéndola mía en su atrevida dejadez, opté, misericorde, por una pirueta redentora:

-¡Alehop!-la dejé libre lanzándola por la ventana.

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Ordenó sin pestañear que retiraran los panfletos políticos que habían dispuesto sobre la tapa del retrete. En casa todos sabían que solo necesitaba un par de etiquetas de cualquier producto de aseo personal para aliviarse y que solo recurría a la política cuando tenía problemas de estreñimiento. Ya era mayorcito para ocuparse de sus asuntos.

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Me quedé dormido hilvanando constelaciones, ensartando estrellas con hilos de colores.
— ¿Así acaba el cuento, estás seguro abuelo?—insistió el nieto.
— Sí, muchacho.
—Pero… , ¡es una cursilada!
—Ya, pero es tal como viene en el libro, no me he inventado nada.
—Pues deberías, ¡cámbialo abu!, ¡invéntate un final mejor!
—Pero…
— ¡Vamos, sáltate las reglas!.
—Me quedé dormido hilvanando constelaciones, deseando que al despertar pudieras abrazarme.
—Mucho mejor…, ahora ¡sáltate otra vez las reglas!, ¡haz que se cumpla tu final abuelo!

Cuando abrió los ojos por un instante notó el aliento de su abuelo en su mejilla.

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Cuando se ausentaba de casa lo hacía a veces por horas, otras por días e incluso por semanas. La vez que se ausentó por años supuso un respiro para todos. Cuando volvió ya no era el mismo, había envejecido, aunque mantenía esa mirada podrida que inspiraba tanto miedo.
Nosotros también habíamos cambiado, las tumbas donde reposaban nuestros huesos estaban cubiertas de un espeso manto de hojarasca. Se acercó despacio despejando los matojos, comprobando que nuestros nombres estaban allí. Entristecido lanzó lamentos; el tiempo no cambió su manido discurso de disculpa.

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