Historia de un árbol milenario. Capítulo 4: El barco.

Los tablones de madera fueron a parar a un astillero. El encargo de un  magnate había desencadenado la tragedia del árbol.

 El señor Ferrer se dirigió a su junta general y con voz fuerte y poderosa sentenció:

-¡No importa lo que cueste, no importa el tiempo, no importa nada, quiero mi barco y lo voy a tener!,-dijo mientras señalaba   los planos de un barco de grandes dimensiones  construido íntegramente de madera, que mostraban la ambición desmesurada de un hombre acostumbrado a hacer su  voluntad y a salirse con la suya. El dinero era su mejor aliado y podía comprar con él conciencias, impedimentos, y todo cuánto se propusiera. Nadie supo explicarle ni hacerle entender que lo que pretendía era prácticamente imposible, así que no quedó más remedio que buscar o inventar el árbol. Fueron desplazados por todo el planeta especialistas y no hubo selva virgen ni bosque por más oculto que estuviera que no fuera revisado. Al final, tras varios años, el trabajo dio su fruto. Localizar el árbol fue complicado pero más aún lo  fue la construcción, el diseño era complejo, los requisitos exigidos por Ferrer no eran fáciles de satisfacer. Un barco con un diseño innovador pero basado en embarcaciones históricas  de grandes dimensiones y con todo lujo de detalles, construido íntegramente con la madera de un único árbol  todo un desafío. Soñaba construirse un buque  digno de un rey a semejanza del “soberano de los mares”, del que su padre, aficionado al modelismo naval, siempre le hablaba.

-Es el mejor y más lujoso barco jamás construido, -le repetía una y otra vez su progenitor mientras que con pericia y tesón de un cirujano colocaba el enésimo cañón de la maqueta. -Fue ordenado construir por Carlos I de Inglaterra en  mil seiscientos treinta y cuatro, desde entonces no se ha logrado construir nada parecido hijo.

-Yo lo construiré en tu memoria, padre-se decía,-pero será un barco de recreo donde descansar y divertirme, allí haré mis mejores negocios.

Sus deseos fueron cumplidos y el barco se construyó tal cual Ferrer lo había imaginado, no fue a verlo hasta que no terminó su construcción el día previo a su botadura, detestaba el polvo y el ruido de los astilleros, no quería explicaciones sólo resultados. El calor apretaba y eran ya casi las tres de la tarde cuando subió a bordo, al alcanzar la cubierta quedó boquiabierto y se sintió exultante, aquello excedía a su imaginación era más bonito aún de lo que había soñado y un grito inesperado brotó de su interior.

-¡Maravilloso!-un vahído hizo que  cayera al suelo desmayado, lo levantaron rápido y todo quedó en un susto.  

Al día siguiente, se celebró una gran  fiesta para botarlo,  no faltaron ricos manjares, vinos y licores para la ocasión. Todos los asistentes quedaron perplejos al ver aquella maravilla de la ingeniería naval, el orgullo de su dueño. Tal y como había ordenado, le habían construido un barco único para alguien que se sentía único.  El resultado estaba a la vista de todos los presentes aquel día, simplemente no tenía igual.

Se paseó de corrillo en corrillo alardeando ante sus colegas y despertando la envidia de muchos de los presentes. Ferrer era un gran empresario admirado a la vez que odiado. Tenía negocios por todo el planeta y sus multinacionales de la alimentación hacían subir y bajar el precio de los cereales a su antojo. Cuando era más joven no tenía el menor escrúpulo en las repercusiones que sus decisiones podían ocasionar, ahora, ya pasados los sesenta, algunas noches tenía dificultad para alcanzar el sueño.

Nadie pudo predecir lo que finalmente sucedió, cuando daba a su término la velada, alguien de la tripulación gritó alarmado y tuvieron que desalojar el barco rápidamente, hacía aguas. No sabían cómo ni por qué, pero el agua del mar se filtraba por todos lados, era imposible localizar el origen. En los camarotes inferiores se  acumulaban grandes cantidades y se llegó a pensar que se hundiría allí mismo. No fue así.

Lo que sí se hundió fue el orgullo de quien lo mandó construir y flotaron la  rabia y el desprecio  hacia el barco que se convirtió en su vergüenza pública.  Llevado por la ira, mandó revisar el buque e invirtió importantes sumas de dinero en repararlo;  nada daba resultado.

-¡He malgastado una fortuna en un barco que hace aguas, he esperado una eternidad,  por un árbol que supuestamente no existía y otra por un barco que supuestamente era imposible construir! ¡Los mejores ingenieros, claro está, para esto!, -golpeó con el puño cerrado el cristal de la mesa haciéndolo añicos delante de todos.- Y todavía os atrevéis a decirme que no es posible repararlo, solo falta  que me contéis que ese barco está hechizado, y soltó una carcajada terrorífica que encogió los estómagos de todos los allí presentes.

-¡No existe el no para mí, me oís, no existe el no para mí! Quedáis todos despedidos fuera de aquí-y mandó reclutar personal nuevo y todo volvió a comenzar.

Pasaron años sin que pudieran dar solución al problema. Cuando lo consiguieron, al adentrarse mar adentro para probar la embarcación, sin saber cómo ni por qué, el barco parecía no querer navegar, la nave se “negaba” a ir mar adentro. El aburrimiento hizo mella en todos, una especie de desgana se empezó a  colar en el ambiente y terminó por desmotivar a todo el que estaba implicado directa o indirectamente en el proyecto. Lo dieron por imposible y terminaron por abandonarlo en un  cementerio de barcos.

La vida de Ferrer también dio un giro. Acabó arruinado, la suerte dejó de acompañarlo en los negocios y todos los que habitualmente lo ensalzaban y cubrían de gloria dejaron de prestarle atención. Recurrió a sus contactos para intentar recuperar su fortuna, desesperado suplicó  a todos cuántos había enriquecido  con sus artimañas  pero nadie acudió en su ayuda. Estuvo un tiempo deambulando solo por la ciudad, perdido y desesperado, él era Ferrer, no merecía esto, se decía una y otra vez. Durante uno de sus paseos sin rumbo, vino a su mente  un recuerdo que  quedó  guardado en algún rincón de su cabeza, recordó el desmayo que sufrió la primera vez que subió a bordo del soberano de los mares. En  los escasos segundos que duró  pudo verse en un escenario distinto del que hasta ahora se había desarrollado su vida. Desde ese instante, la posibilidad de que esa visión fuera más una premonición que un desvarío se apoderó de él, no dejaba de darle vueltas a la cabeza.

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