Historia de un árbol milenario. Capítulo 2: El luthier.

Quizás fue la suerte, o puede que algo que escapa al entendimiento, lo que hizo que aquel día pasara un luthier por el aserradero donde descansaban los tablones del árbol. Un luthier en busca de madera para nuevos instrumentos. En su larga trayectoria profesional se había labrado un buen nombre, pero no había conseguido llegar más allá de los límites de la vieja ciudad donde residía. Sin embargo, él se sabía poseedor de una gran virtud, sabía que sus instrumentos algún día inmortalizarían su apellido. Manejaba las herramientas como  músico, no como carpintero, tal vez por el don que lo acompañó desde su nacimiento y del que no supo nunca su nombre; poseía oído absoluto.   Contar con la ventaja de  percibir en la madera ciertos  matices sonoros inapreciables por el resto de  colegas de gremio, convirtió sus instrumentos en objetos de deseo para su círculo de músicos más cercano. Sabedor de su don, era cuestión de tiempo que algún día llegase a oídos de un gran músico sus proezas. Cuando eso sucediera, su vida cambiaría.

Y sucedió que el boca a boca funcionó como la propaganda más efectiva. La oportunidad llegó de lejos, de más allá del océano, del viejo continente. Fue entonces cuando comprendió que necesitaría una madera distinta para sorprender a su cliente especial, comprendió también que esto supondría el despegue que tanto había deseado.
Había recorrido durante meses multitud de aserraderos y no había encontrado lo que buscaba, pero aquel día todo cambió, aquella madera era algo fuera de lo común: suave, tersa, de un color intenso, tanto que se dispuso de inmediato a sacar de su mochila un palo redondo de madera con el que comenzó a golpear a lo largo de los tablones para hacer pruebas de resonancia. Buscó entre montañas de piezas, golpeando cada una de ellas escuchando su respuesta, quería localizar los tablones más próximos al centro del árbol, por experiencia sabía que éstos eran los mejores, pero allí había demasiados, no era posible que provinieran todos de un solo ejemplar, se alarmó al pensar que podrían haber talado un bosque. Eligió un tablón que le resultó peculiar.
—No está en venta,— gritó el obrero encargado de la custodia de los tablones.
—Márchese de aquí ahora mismo,-insistió de forma grosera.
El luthier, descendió despacio con su tablón en la mano, haciendo caso omiso a las palabras del guarda. Una vez abajo, metió su mano en el bolsillo sin prisas, pausadamente, sacando una maraña de billetes que  sin contar ofreció al vigilante. .
—Nadie sabrá nada, esto es un negocio entre tú y yo.—dijo el violero sin aspavientos, sin despegar los ojos del encargado que mantuvo la mirada sin parpadear, pero que terminó por agarrar el dinero y dar media vuelta.

—Está bien, pero no tarde mucho en marcharse de aquí—murmuró  mientras se giraba colocando los billetes para contarlos en la garita.
Era una madera como pocas había visto hasta entonces, no era palosanto, ni ébano o caoba, ni siquiera koa, la estudió a fondo comprobando su densidad, dureza y contracción, para obtener información precisa sobre ella. Lo hacía siempre antes de construir un instrumento, pero no obtuvo pistas del tipo del árbol del que procedía. Preguntó a colegas del gremio, nadie supo decirle.
—Quizás proceda de un árbol exótico, se dijo y no quiso dar más vueltas al asunto, centrándose en lo que realmente importaba. No dudó ni por un instante del éxito de su misión, contemplando entusiasmado el tablón veteado de forma singular. Dedicó años y todo su talento en transformar aquel trozo de madera en algo extraordinario. Pasó noches enteras calibrando el diapasón, cortó con pericia las ranuras de los trastes para obtener una profundidad homogénea, se encerró en su taller durante días logrando una roseta digna del instrumento que pretendía construir, calculó al milímetro lo que se alarga la cuerda al pisarse, evitando que el más mínimo error diera al traste con su esfuerzo.
En su búsqueda de la perfección se obsesionó con los barnices, buscando en tratados antiguos de alquimia la fórmula que permitiera proteger al instrumento dejando transpirar a la madera. Mezcló tinturas en fórmulas oleosas proporcionando un ligero toque de color que identificara su creación para así ensalzar su nombre. Cuidó con mimo todos los detalles de la construcción, de sobra sabía que al final cualquier error de cálculo, elección de la madera, colocación de las cuerdas, afectaría a la calidad del resultado, así que decidió que no sería la falta de esmero causa de ello.

La sorpresa llegó a posteriori, a pesar del esfuerzo, la sonoridad no era lo esperado para un instrumento de esa calidad y esto era el menor de sus males. Revisó todo el proceso intentando mejorar la resonancia, se cuestionaba qué era lo que estaba haciendo mal, pero ensimismado en sus pensamientos giraba la cabeza de un lado para otro negando cualquier fallo por su parte. Su sueño se desvanecía y, en su desesperación por convertirla en algo único, todo se tornaba en lo contrario. No daba crédito a lo que estaba sucediendo, jamás había tenido entre sus manos una materia prima de tanta calidad y que diera peor resultado, no dejó de insistir y de lijar día y noche, alterando sus nervios y su salud.
Daba por seguro que algo extraño sucedía y que se escapaba a sus cortos alcances. Tenía sueños raros y llegó a suponer que la madera estaba hechizada o embrujada, no sabía decir exactamente el qué. Cuando despertaba por las mañanas murmuraba.
—¡Paparruchas!,—negándose a dar una explicación irracional a todo lo que le estaba sucediendo, ni siquiera cuando las cuerdas saltaban al intentar afinarla.
—¡Paparruchas!,— gruñía una y otra vez de forma huraña. Finalmente acabó colgándola en el escaparate.

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