Juegos de niños

Tumbado en el suelo de la habitación permaneció un rato pensativo. Levantó la mirada hacia la pila de cajas que se amontonaban en la estantería del cuarto, organizadas atendiendo a un impulso irregular que dependía del estado anímico del día anterior.

Cowboys compartían estante flanqueados a izquierdas por piratas y policías, mientras a su derecha el estuche repleto de indios se empeñaba en robarle protagonismo al de caballeros medievales.
Hechiceros, astronautas, fantasmas, motoristas, músicos, médicos, enfermeros…, cubrían huecos arriba y abajo.

Debía decidir qué batalla plantearía aquella anodina tarde de invierno, así era el juego. Después, de forma sistemática, devolvería todo a su lugar prestando sumo cuidado en no mezclar razas, épocas históricas, artilugios o enseres, errando en el embalaje. Sin embargo, la cuestión de la ubicación le liberaba de la tensión organizativa que le precedía, por eso se tomaba la libertad de alterar localizaciones en el estante.

Calculando combinaciones a ojo, comprobó que todas las conjugaciones posibles habían sido jugadas, tocaba repetir, cosa que no le apetecía demasiado. Asintió al tiempo que se levantó para vaciar en el suelo todas y cada una de las cajas de playmobil ,revolviendo con las manos para evitar afinidades que no deseaba.

Comprendió que era un punto de no retorno, el caos reinaba en el parquet, implicando un trabajo dantesco la vuelta a la normalidad. Se puso en pie, la vertical le proporcionaba una visión global del desastre más interesante. Estaba contento con lo que acababa de hacer, esto suponía infinidad de combinaciones posibles, todas azarosas.
«¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? » razonaba mientras se daba a imaginar las innumerables horas de diversión que esto suponía.
Volvió al suelo inventando una cuadrícula invisible a modo de posibilidad: jugaría con lo que cupiera en cada casilla cada vez. Le agradó la idea, numeró los cuadrados y se centró en el correspondía a ese día.

Para su asombro, en el sector se amontonaron una serie de construcciones de desigual cronología y estilo arquitectónico, apiladas dejándose caer una sobre otras. Desde la esquina inferior izquierda casitas de baja altura tejadas por pirámides color pizarra, apenas mantenían el equilibrio sobre edificios medievales de gran envergadura. En sus fachadas, decoradas con balcones apoyados en columnas coronadas por arcos de medio punto, habían quedado prendidos muñecos sujetos con asombrosa pericia a los salientes.
Un poco más abajo otro grupo de muñecos en distintas posiciones parecían contemplar incrédulos la escena, mientras los últimos daban la sensación de formar parte de una acción en curso.
Encongiéndose de hombros, sin entender por qué, tomó papel y lápiz tratando de tejer un hilo argumental tras la escena contenida en el cuadrante, como si aquello tuviera un sentido más allá del que el simple azar había compuesto.

“La ciudad, era un batiburrillo de edificios de todas las épocas descompuesto y compuesto cientos de veces, así, no era extraño ver restos de murallas árabes entrelazados en los muros de edificios vanguardistas con las más curiosas formas.
No era seguro que aquellos muchachos que se descolgaban de una de las casas señoriales más pintorescas, fueran ladrones, como tampoco lo eran que fueran acróbatas circenses o deportistas de élite.
La multitud continuaba con la frenética actividad diaria, comerciantes se afanaban en vender frutas y verduras en los puestos callejeros ajenos a los descuelgues, sin embargo, un grupo de peatones comenzaba a prestar atención a las acrobacias de descenso en picado. Al llegar al suelo, como si nada, desaparecieron amparados por un equipo de apoyo que los estaba esperando.”
Era increíble que aquella historia surgiera de su puño, apenas tenía diez años y se preguntaba por qué lo había hecho.

Giró la cabeza escudriñando el contenido del cuadrado de la derecha. Como si se tratara de un desfile de carnaval, muñecos ataviados con ropajes y adornos de tantas épocas como se pueda imaginar se agolpaban sosteniendo estandartes, banderas piratas, pancartas y un sinfín de objetos similares muy coloridos. Buscó, palpando con las manos sin dejar de contemplar la escena, el lápiz que instantes antes había abandonado.
“Tras el primero, otro grupo les siguió los pasos dejándose caer desde el balcón al suelo esta vez con un salto ligero. La agilidad con la que saltaron no dejaba lugar a dudas de que se trataba de un grupo entrenado en este tipo de hazañas. Miraron hacia un lado y hacia otro, parecían haber perdido el rastro de lo que estaban buscando, uno de ellos hizo gestos para que el resto los siguiera topándose de frente con el desfile del día del pueblo llano, una especie de celebración ancestral que recordaba la suerte de compartir un año más a todos los habitantes del país. Se disfrazaban con alegres vestimentas, proclamando mediante pancartas sus deseos para el siguiente año, a fin de hacerlos llegar a quienes gobernaban. Con gestos angustiosos, el cabeza de grupo insistía al resto seguir hacia adelante adentrándose cada vez más entre la multitud”

Tras dejar caer el lápiz, sintió preocupación. Jamás había escrito más allá de las redacciones del cole, donde con suma gracia narraba a su adorable seño Matilde las peripecias acontecidas en casa de su abuela Lola durante las vacaciones.
Estaba enfadado, sí, esa era la palabra, «¿pero que lechugas…?» farfullaba, imitando los regaños de su abuela al gato Misi. Meditó si hacer o no lo que tenía en mente, pero se sintió obligado pues no tenía otro modo de comprobar lo ilógico de aquella situación. También podría recurrir a su madre, pero estaba seguro que ella le diría que todo era culpa del uso indebido de las maquinas que lo traían de cabeza.
-Tanta consola, tanto ordenador te van a volver tarumba-insistía un día tras otro.
Hasta que llegó la tarde en que agarró un mosqueo monumental y retiró todos los artilugios de la casa dejando solo la estantería con la colección insondable de muñequitos de su abuelo Federico.
No llevaba ni un mes jugando con lo que en principio iba a ser un rollo monumental cuando sucedió esto que estaba sucediendo.
Como había hecho un rato antes, tumbado panza abajo sobre el suelo empezó a desplazar brazos arriba y abajo en modo sincronizado con los pies, posteriormente se giró y lo hizo en sentido contrario. Al ponerse en pie seguía preso de la excitación así que lo siguiente que hizo fue golpear con los pies los objetos junto con los muñecos de un lado a otro.
Contempló su obra y esperó a ver que le contaba esta vez, ·si es que tenía algo que contar·, sonrió.

Marcó en su cabeza los trazos de la cuadrícula, fijando la mirada en el primer espacio. Un solo muñeco la ocupaba, sostenía en las manos lo que parecía “¿un móvil?”. “¿qué diablos quiere decir esto?”, musitaba mientras calmaba una repentina angustia con pensamientos positivos sobre las tonterías que llevaba haciendo un buen rato.
“Ves, todo son imaginaciones tuyas, Fernando”, “¿pero es qué acaso habías dudado de lo imposible de tus suposiciones?”, “relato concluido”.
Se acercó un poco más al solitario muñeco comprobando con estupor que llevaba la ropa del mismo color que él. Camiseta roja, pantalón corto amarillo, pelo castaño rizado. “Mucha coincidencia ¿no?”, se dijo.
Con sigilo se acercó a la cocina donde su madre dejaba el móvil cargando. Lo desbloqueó quedando paralizado al contemplar en la bandeja de entrada de mensajería instantánea un mensaje dirigido a él.
“Bienvenido al juego, ya era hora Fernando, tu abuelo Federico ”. En la foto de perfil un playmóbil le guiñaba el ojo.

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