Navidades y cenas familiares. @zendalibros #cuentosdeNavidad

—Es gamba blanca de Huelva, las han traído esta mañana una empresa de transportes especializada en este tipo de envíos, directamente de una zona FAO concreta del Atlántico, donde los niveles de plástico son casi inexistentes y donde las corrientes marinas proporcionan un hábitat submarino particular, especialmente limpio de impurezas—apostilló Marina, mi cuñada.
—La deconstrucción del rabo de toro salmantino de la ganadería “Cebada Gago”, del primer plato, es obra del cocinero cinco estrellas michelín, Alfonso del Corral, contratado para la cena—continuó casi sin tomar aliento. Antes de comenzar, dio sabida cuenta de todo lo que la noche de nochebuena degustaríamos, con detalles innecesarios.

Nada de canciones vulgares como otros años, nada de cánticos navideños agarrados a la botella de anís del mono como si no hubiera un mañana, nada de disfraces postcena ni de bailes obscenos escudados en la relajación del momento. Ahora la atención recaía en la manicura francesa y en los dos días previos de sesiones en el salón de belleza, puesta a punto y tuneo para la ocasión, lo que en la mecánica del coche viene a ser: “chapa y pintura”.
—La papada te ha quedado genial, mami, no se notan para nada las cicatrices—puntualizó mi sobrina Elena, que rondaba ya los treinta años.
—Me operó en octubre el cirujano que operó a Melanie Grifols, es un crack. Ni rastro de arrugas en los ojos y mira el cutis, toca, toca, es terciopelo puro —insistió mientras me cogía la mano y la pasaba por su rostro, sin manipular mucho para no estropear el maquillaje.
El rostro le brillaba al punto de deslumbrarme alguna vez, cuando las luces del adorno navideño de exquisita factura, incidían con precisión sobre la punta de su nariz.
Una vez expuestos los detalles de todo cuanto nuestros ojos vieren y detallado lo que no percibieren, la cena transcurrió con normalidad, habiendo sido advertidos de intentar no manchar el mantel del siglo de las luces ni romper la vajilla relicario traída de la región de Bohemia.
Cenamos sin abundancia, porque eso es de pobres y porque las cenas ya se sabe. Cenamos inmortalizando a golpe de selfie cada paso, cada plato. Actualizando perfiles y estados con la sonrisa perfecta, ensayada durante horas en el espejo. Toda la conversación quedó reducida a contabilizar likes y comentarios favorables, a publicitar el acto en sí.
De vuelta a casa y antes de acostarnos, despojados ya de fajas y pajaritas, nos acoplamos entre pecho y espalda un suculento bocadillo de jamón de reserva que nos supo a gloria y nos marcamos descalzos unos bailes. La botella del mono nos esperaba, como si nos echara de menos. Nos abrazamos a ella uniéndonos en un tierno abrazo, del que no nos apetecía despegarnos. No hicimos fotos, ni publicamos la escena. La guardaré como otras tantas en mi memoria, que aunque volátil, a veces se empeña en mostrarme imágenes y flashes de escenas que parecían haberse perdido en la inmensidad de mis neuronas. Caras, gestos y olores que me recuerdan quien soy y lo que es importante.

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