Silencio. @zendalibros #NuestrosHéroes

Siempre añoró momentos de  silencio y sin embargo ahora le aterrorizaban. Una casa de locos había sido la suya, llena de chiquillos que correteaban de un lado para otro, sin agotarse, pletóricos de energía. Una casa llena de obligaciones, jornadas completas sin tregua ni descanso. Cuántos días había deseado que le dejaran un ratito sola, un ratito para ella, sin ver a nadie, para poder dedicarse a lo que más le gustaba: cerrar los ojos y aventurarse en su mundo interior repleto de historias de amor épicas, cursis, pero suyas. Soñaba con su joven Antonio, con su amor antes de los hijos, con las locuras que solo ellos conocían. Ahora todo era silencio, su Antonio ya no estaba, un extraño bicho se lo había quitado y ni siquiera había podido despedirse. Ahora estaba sola e inmóvil en aquella fría sala de UCI, con la única compañía de ese silencio infinito. Tanta calma le hacía daño, ya no la deseaba, había pagado caro sus súplicas de silencio.

Se dejaba llevar por recuerdos recurrentes, de insignificancias, que ahora cobraban la importancia merecida.

—No te levantes tan temprano, que es domingo y he escuchado a la niña pegar saltos en la cama, no tardará en estar aquí con los demás, demandando cosquillas—recordaba suplicar a su Antonio, pero ella no había sido educada para quedarse en la cama más de lo necesario, no podía permitirse perder el tiempo, siempre había quehaceres. Desoía sus peticiones y ahora le pesaban como una losa en el pecho, mucho más que ese maldito bicho que se había adueñado de ella.

Como todos los días se abrió la puerta más o menos a la misma hora, lo sabía por el rayo de sol que, cuando no estaba nublado, apuntaba al dedo pulgar de su pie derecho. Allí estaba él, sepultado en bolsas de basura. Canturrea mientras limpiaba perfumando con algo parecido a lejía la habitación. Siempre la misma copla, entonada con arte y sin vergüenza ajena.

—Ojos verdes, verdes como la albahaaaca.

Se acercaba un poco, con precaución, mostrando tras una lámina trasparente,  unos ojos vivarachos, brillantes, que la miraban con ternura y curiosidad.

—María, hoy tiene mejor cara, ya parece persona, ha estado muy malita. Pero no se preocupe que de ésta sale. Me llamo Miguel, Miguelón para los amigos, así que llámeme como mejor le venga. María lo miraba sin quitarle el ojo de encima.

—Ya sé lo que está pensando María de mi corazón, que soy viejo, ¿verdad?, pues lo soy, pero no me retiro ni muerto. ¿Quiere que le diga cuántos años tengo?, pues se lo voy a decir porque creo que la curiosidad la está matando casi tanto como el virusillo mataviejos que tiene acojonados a todos menos a mí, a mí no, yo no tengo miedo a morir. Volviendo al tema que la preocupa, mi edad, así por encima podría afirmar que somos contemporáneos, yo cumplo hoy setenta y cinco. No, no se esfuerce en cantarme cumpleaños feliz aunque sé que se muere de ganas, me conformo con que me cuque un ojo, así con picardía, como si fuera una quinceañera que quisiera conquistarme—se acercó cauteloso guiñando intermitentemente unos ojos verdes que no habían perdido intensidad. María se resistió pero no pudo hacer otra cosa que guiñar un ojo tras esbozar una suave sonrisa.

—¡Es el regalo más bonito que me han hecho en mucho tiempo, María de mi corazón, que sepa que me ha alegrado el día!—continuó como si le hubieran dado cuerda, como si tuviera la necesidad de confesarse con ella.

—Sabe, le voy a decir una cosa, aunque puede que me arrepienta, ¡qué leches, hoy es mi cumpleaños y ha hecho que me sienta feliz!, no voy a arrepentirme otra vez de lo que no he hecho, ya me pasó una vez hace muchísimos años, por cobarde me quedé solo, y así sigo, solo. Desde el primer día que la vi me ha parecido una mujer preciosa, me he sentido adolescente, perturbado frente a su belleza, no sé cómo decirlo—mientras hablaba le temblaba la voz en la mascarilla nublándosele los ojos.

 —No haría falta que me dijera lo dura que ha sido su vida, sus manos la delatan. La imagino muy atareada siempre, ocupándose de los demás, amando mucho también. Pero escúcheme una cosa, si cuando salga de ésta le apetece conocerme concediéndome una oportunidad, sepa que estoy dispuesto a ilusionarla y a cuidarla como se merece —mientras decía esto último se levantó ligeramente la máscara desde la lejanía, dejando ver un rostro sereno, lleno de ternura y aplomo.

—Tengo que dejarla María de mi corazón, me esperan más habitaciones que acicalar, corazones a los que arrancar una sonrisa. Piense bien si se concede, nos concede una oportunidad, no habrá muchas más, este virusillo malévolo nos está abriendo los ojos sobre lo que de verdad importa—mientras se marchaba se volvió y le  guiñó un ojo.

María se movió nerviosa en la cama, se le había acelerado el pulso. Recordó sus historias imaginarias de amor imposible, las que debió haber escrito en su momento, para que no hubieran desaparecido de su memoria. Miguelón parecía sacado de ellas, ninguno de sus fornidos protagonistas le llegaban a la suela de los zapatos,  era como si esta pesadilla le hubiera dado una segunda oportunidad junto a un héroe de carne y hueso. Cerró los ojos y se dispuso a imaginar de nuevo, como antes, esperando el momento en que la calma diera paso a la alegría.

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