La máquina de hacer cosquillas

LA MÁQUINA DE HACER COSQUILLAS

Nunca había contado esto antes. Lo primero que recuerdo era un olor, sí, olía a teta pero no conseguía ver nada, solo sé que estaba en un lugar confortable y que una tetica deliciosa me estaba llamando a través de su olor, así que mi nariz me guió hasta ella, tierna, esponjosa y maravillosamente perfumada. Nada más detectar que estaba cerca mi boca se abrió solita de par en par buscando su ansiado premio: “por fin” me dije para mis adentros, aunque lo que realmente se oyó fue “uauau”, o lo que es lo mismo, un dulce gemido de bebé recién extraído de su piscina de caldito templado.
Ya satisfecho por lo que sabía había sido todo un éxito para alguien de mi edad, me dispuse a extraer de mi chupete el ansiado elixir. ¡Uf!, para que os voy a engañar, esto parecía mucho más fácil cuando la matrona de mi madre lo explicaba en sus clases preparatorias para el parto.
Volví a repetir mi chupetón extractor de tetica caliente y ahí estaba eso, un líquido viscoso y pegajoso que a decir verdad no estaba mal, pero distaba mucho de llamarse leche, pero vamos estoy recordando, eso es todo.

Seguía sin ver nada, después de un buen rato, comencé a moverme de manera nerviosa y mi madre empezó a acariciarme como gesto tranquilizador. Aquí es donde comenzó todo, porque no estoy seguro de que lo que me sucedió fuera normal. La piel se me erizó de golpe, un escalofrío maravilloso me recorrió el cuerpo siguiendo las huellas de sus dedos, incluso perdí el apetito dejándome llevar por las sensaciones, este fue realmente el comienzo de mi vida, estoy seguro, a partir de aquí todo tuvo sentido.
Aprendí de pronto un juego la mar de divertido: cuando dejaba de acariciarme yo como protesta empezaba a llorar. Ella pronto se dio cuenta de mis peticiones y presta corría a satisfacer los caprichos de su joven hijo con apenas instantes de vida. Era primeriza, en estos casos todo juega a nuestro favor: atención plena y necesidad de convertirse en la mama perfecta. Me amaba aunque todavía no sabía cuánto, estaba en la fase de preguntarse si aquello que ahora tenía frente a ella y que le mordisqueaba los pechos, había salido de su barriga. No más extraña era la mía, después de nueve meses me he visto transformándome de una habichuela con ojos a una habichuela con ojos a la que le van saliendo pies, brazos, orejas nariz y por supuesto la boquita extractora de tetica.
Me perdí entre sus dedos, en sus caricias juguetonas que me recorrían de arriba abajo parándose en cada pliegue para recorrerlo despacio con inmenso amor, no podía evitarlo me volvían literalmente loco. El juego de “o me haces cosquillas o lloro” me duró un par de días. Mi madre cayó rendida al tercero, vencida por el sueño y el cansancio. En su auxilio apareció lo que en ese instante identifiqué como a mi padre: muy servicial, con mucho interés porque no llorara y dispuesto a realizar su tarea poniendo sus cinco sentidos.
Ja, ja y ja, todavía me estoy riendo, ¿dónde está mi mami? ¡este es un farsante!. Lo primero que debería haber hecho es cortarse la uñas, me propinó un arañazo en el muslo que todavía me acuerdo, menudo respingo. Protesté y protesté pero mi madre parecía no volver en sí, seguía grogui, no la veía pero la oía roncar.
Este es un resumen de lo que fue mi primer día de vida, el día en el que descubrí para lo que había nacido y qué hacía yo en este mundo, estoy aquí para que me hagan cosquillas, así de simple.

En los meses que siguieron, mi madre me mostró su infinito amor cada día y cada noche. Me contemplaba incrédula, enamorada de su mejor obra, la única, la verdadera.
En cambio mi padre, pasó de verme como el digno sucesor de sus encantos, el heredero de sus dotes, a observar aterrado que lo que tenía en casa era la peor de sus pesadillas, un rival con el que no podía competir y que le estaba arrebatando todo: su mujer, su descanso y lo que hasta hacía poco habían sido sus pechos, aquellos por los que moría.
Mi madre pasaba los días recorriendo con la yema de sus dedos el circuito, que había comenzado por la planta de mis pies, recreándose en los espacios interdigitales, con movimientos suaves, apenas me tocaba, dejándome desparramado bocarriba, con un hilito de baba que descolgaba de la comisura de mis labios hacia el suelo. ¿Levité?, puede que sí, aunque no fuera consciente en ese momento.
Otras veces eran golpecitos rítmicos, armónicos, acompañados de una alegre coplilla que me hacían volver en sí, recuperándome de mi éxtasis. He de decir, en honor a la verdad, que la rutina termina aburriendo, y ella fue perdiendo destreza en sus manejos, no se esmeraba como los primeros días y ésto se dejaba notar. He decir también, que observé un desmejore en sus facciones, parecía paliducha y con un tono blancuzco en sus mejillas. Tanto amor daña, ahora lo entiendo.
Mi madre en su desesperación, (mis exigencias iban en aumento), comenzó a utilizar artilugios sustitutivos que aumentaran mi placer, plumas, hojas de árboles, rastrillos playeros, tenedores de plástico, la pieza del rey del tablero de ajedrez, y un sinfín más de objetos inimaginables que no alcanzo a recordar.
De pronto me pasó como a Jesucristo, tengo un lapsus mental de unos cuantos años, no recuerdo nada hasta el día en que sentado en el pupitre del colegio, cuando andaba rondando los seis años, me dio por tocar en la pierna al compañero de mi derecha, al que guiñándole un ojo y torciendo mi cuello en gesto afectuoso, le ofrecí mi bocadillo de chocolate a cambio de unas cosquillas bajo la mesa en la palma de mi mano. Me sorprendió su delicadeza, lo hacía francamente bien.

Mi vida en el colegio a partir de este instante se hizo más llevadera, pasaba las clases extasiado con intervalos de lucidez. Cuando el calor me hizo desnudar los brazos, mostré a mi compañero la nueva autopista del placer, esto me costó complementar el bocadillo con alguna chocolatina, las condiciones del contrato habían cambiado y así me lo hizo saber. Al final del curso mi compañero lucía visiblemente más lustroso y yo visiblemente más escuálido. Un par de inyecciones de vitaminas fueron el precio a pagar.

El curso siguiente decidí continuar con mi estrategia, pero la adversidad se cebó conmigo. El nuevo compañero no cedió a mis propuestas, lo odié por ello. Don Ricardo, el maestro, me lanzaba las tizas de dos en dos para atraer mi atención durante mis escapadas mentales, con la mala suerte de que su falta de acierto casi acaba con la visión del ojo izquierdo de mi vecino de mesa.
Aquella mañana al levantarme para salir al recreo vi un papel doblado sobre mi mochila. Alguien me citaba en el patio tras el árbol de la esquina, en la parte más escondida del recinto vallado. No entendía nada pero me di prisa en llegar a mi destino, intrigado por la nota anónima. Allí estaba ella, una niña de mi clase del curso pasado, apenas crucé una palabra con ella, apenas la recordaba; pequeñita, de tez pálida y con una trenza larga y rubia recogida en la parte posterior de su cabeza.
-Siéntate y cierra los ojos,- dijo al verme.
No sé por qué pero no dudé en hacerle caso. Ella tomó su cabello trenzado y humedeció en la boca la punta pincelada de su pelo, comenzando a recorrer el óvalo de mi cara, despacito. Intenté abrir los ojos para tratar de entender, pero ella me paró en seco chistando bajito. Noté como la brocha de pelo se ensañaba con mis párpados, insistiendo en el vértice exterior de mis ojos, descendiendo por mi nariz cosquilleándola de forma especialmente grata, terminando por mis labios que se abrían agradecidos.

-El año pasado me sentaba detrás de ti, sé lo que te gusta. Te espero mañana a la misma hora,- marchándose a continuación, dando saltitos.
Fue el día que tomé la primera decisión importante de mi vida, dejarme el pelo largo. No fue fácil, tuve que montar un espectáculo lacrimógeno esperpéntico cada vez que mi madre entraba en la barbería. Me revolcaba por el suelo chillando y gritando como un loco intentando impedir que el barbero con cara de asombro realizara su trabajo.
-Señora, yo así no puedo trabajar, tenga usted en cuenta que lo que llevo en las manos son unas tijeras.- eludiendo realizar corte alguno.
Mi madre, desesperada por mantener la imagen pulcra y masculina de su vástago, despotricaba contra mi – “¡cualquier noche te corto esos pelajos de perroflauta que te empeñas en llevar”!,- para entonces se había producido una separación importante de la que un día fue “mi mami”.
A decir verdad ya no me dedicaba horas interminables, hacía tiempo que a casa había llegado “esa mole de carne cagona”, si, la ladrona de mamis, una pequeñaja que apenas podía andar y a la que mamá dedicaba sus desvelos. Me uní a mi papi como nunca antes lo había hecho, ahora lo entendía perfectamente, comprendía su soledad.
-¡ Mamiiiii!, ¡Cuánto te echo de menos!.
Estoy exagerando un poco, tenerla la tenía, pero no tan como antes.

Día tras día se repetían las caricias a escondidas en el patio, la primavera permitió a María explorar nuevos lugares de mi anatomía, la parte posterior de mis rodillas, mi cuello desabrigado, y algunas veces, sobre mi fina ropa repasaba el mapa de mi cuerpo con su trenza. La dejé subir mi camiseta, dejando al descubierto mi espalda, ella dibujaba entonces con su pelo paisajes, guiada por los pespuntes de mi vello erizado.
María nunca me puso precio, no me pedía nada, parecía complacida con mi contento. Le auguré un futuro prometedor como masajista.

La puerta a la auto-exploración se abrió el día en que la longitud de mi cabello alcanzó mi pabellón auditivo. Me regalé momentos únicos, alejándome más conforme mi cola dimensionaba. Sucumbí ante mi mismo, encontrando e incidiendo en los puntos cardinales de mi pequeño cuerpo que yo sólo conocía.
-¡Qué barbaridad la cantidad de puntos “g” de guay, ocultos en los más insospechados rincones.!

Recuerdo perfectamente como años después encontré otros placeres nada despreciables que me hicieron y me hacen muy feliz, pero no puedo negar que mi obsesión por las cosquillas no tenía límites, mi piel demandaba cada vez más y más estímulos, no podía parar, sabía que podía encontrar algo más.

Cuando cumplí dieciocho, me encerré en la biblioteca obcecado con la idea de que esto no podía ser algo único que sólo me afectara a mi, debió de haber alguien antes que yo con las mismas necesidades, buscaría su rastro en la historia.

Estudié, digo si estudié, diez años entre libros, a veces de forma autodidacta y otras utilizando los recursos que consideré oportunos: enamorar a una especialista en lenguas muertas; entre clase y clase nos dimos al amor en todas sus posturas, acabó dejándome por un estilizado coucher que ejercía también de entrenador personal).

Aparte del uso malintencionado de ésta, para mí, ciencia-arte, no encontré nada revelador. Cosquillas para torturar, ¡habráse visto!. En ese instante tomé la segunda decisión importante de mi vida, no pararía hasta encontrar ese algo que todavía no sabía como denominar y que me llevaría hasta el nirvana sin necesidad de meditación. Por cierto, mi primera decisión importante medía un par de metros, aparte de los picores, me estaba ocasionando contracturas de cuello, cierto es también, que nunca tuve un volumen excesivo de cabello y su grosor era más bien escaso, lo que hizo la cosa más llevadera.

Decidí viajar, sumergirme y bucear a pie de piedra. Comencé por las cuevas de Altamira; nunca se sabe dónde puede estar la verdad que buscamos. Anotaba todo lo que me parecía curioso o aplicable a lo que comenzaba a tomar forma en mi cabeza. Así seguí, continente a continente, dedicando los siguientes diez años de mi vida a la localización de artilugios o mecanismos que fueran capaces de alterar al espíritu más hermético.

Apenas me di cuenta la había acabado. El tiempo transcurre muy rápido cuando andas absorto en un proyecto del que estás prendido, y ese era mi caso. La contemplé panorámicamente, era perfecta, estaba seguro, como también lo estaba de que no existía nada parecido.
Me tumbé en mi cama, donde había decidido montar mi artefacto y la puse en funcionamiento. El marco deslizante compuesto por diferentes brazos articulados con cabezales dotados de objetos de difícil descripción se aproximaba a mi cuerpo apenas cubierto con unos gayumbos de estreno para la ocasión. A intervalos regulares de tiempo en unas zonas e irregulares en otras, la máquina movía de forma acompasada los terminales generando unas vibraciones que se dejaban notar por todo mi cuerpo.
-¡Siiii, era perfecto!. Lo había conseguido.
Me sentí feliz, embriagado por las sensaciones que me producían los cientos de plumas seleccionadas que dotaban a la segunda pasada de una perfecta armonía. Imposible no estremecerse.
Pasé días enteros sin levantarme de la cama, apenas comía, no necesitaba nada, más allá de las caricias que mi máquina me proporcionaba. Tuve que ingeniarme un método para evitar las visitas al retrete, pero esto no fue difícil. No encontraba razón alguna para abandonar mi estado de majestuosa complacencia. Era feliz, o al menos eso creía yo.
El día que mi madre pasó a visitarme preocupada porque no contestaba a sus llamadas fue el punto de inflexión de mi disparate. La vi palidecer, su cara de asombro, miedo, sorpresa no tenía nombre.
-¡Gonzaloooooooo que narices haces ahí, chalaooooo!. – gritó con una mezcla de miedo y rabia.
Apenas pude contestar, me tomó del brazo como cuando era pequeño y me zarandeó intentando que volviera en sí. Cuando ella me abrazó fuerte, tanto que pensé que moriría asfixiado allí mismo, lo entendí todo. Noté su calor, su ternura, el olor que desprendía y que yo tanto amaba, vi pasar mi vida en un instante por mi cabeza. Recordé el día en que nací, la sensación tan agradable que la cobija de mi madre me proporcionaba, sus pechos a los que me aferraba, volvieron a mí los recuerdos de los primeros años de mi vida, esos que creía perdidos, pero que estaban ahí guardados como tesoros. Días donde mi madre me pertenecía por completo, donde me acariciaba haciéndome sentir el amor más grande. Volvieron a mi cabeza las tardes en el jardín revolcándonos en la hierba, el cielo azul y sus ojos mirándome fijos, llenos de ternura.
Cuando nos separamos, la contemplé de nuevo, su rostro ya no era el mismo pero sus ojos si, su aroma había regresado, la envolvía y yo solo quería estar con ella a su lado. Me sonrió y me dijo:
-¡Pero mira que eres tonto Gonzalo!, nunca nada ni nadie podrá acariciarte como yo, porque cada gesto de mi mano te traslada todo el amor que te tengo. Rompí a llorar y ella volvió a acariciarme como cuando era pequeño, musitando las nanas de mi infancia.
-A la nanita nana, nanita eaaa, mi Gonzalo tiene sueño, bendito sea…

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