Lariqui @zendalibros #unaNavidaddiferente

En la navidad del año diez de mi existencia, el pino laricio que teníamos frente a la puerta de casa, en la plazuela donde rocé pantalones crujiendo huesos propios y ajenos, lucía una suerte de serpentín de bombillas incandescentes, rojas, azules, verdes y amarillas. Carecían de tonalidades, su gama única de color llenaba la plazuela de alegría. Las habían pintado a mano, con torpeza en las pinceladas, transparentando por zonas el aburrido blanco cotidiano. Si hubiera llegado a las ramas, estaba seguro que con un rotulador podría haberlas repasado, opacándolas totalmente con su color correspondiente.

Recuerdo de aquella navidad la tristeza que me supuso cuando desvistieron de color el árbol. Con las luces se fue el jolgorio de unos días de inusual ajetreo, los villancicos y la alegría de unas comidas familiares que duraban una eternidad. La plazuela se volvió oscura, triste, presagiando la vuelta al colegio.

Tener de vecino casi colindante a un pino de más quince metros de altura era un privilegio, como lo era la libertad de aquellos días, cuando presumía de ser un aventurero entre cuyas aspiraciones se encontraba trepar algún día por sus ramas.  No fue posible ni ese año ni los siguientes, aunque no cesé en el empeño.

Poco antes de la navidad catorce conseguimos llegar a las primeras ramas. Fue Carmela la que me ayudó a trepar, había colocado en la base una escalera por la que conseguimos agarrarnos a las ramas más bajas. El vértigo se apoderó de mí inmovilizándome, pero ella ligera y resuelta me agarró fuerte del brazo y me dijo:

—Mientras yo te sujete ten por seguro que no te caerás. —Nos miramos sigilosos mientras ella sonreía pícara.  Ese día descubrimos que cuando oscurecía, podíamos refugiarnos entre sus ramas convirtiéndose el árbol en cómplice de nuestros secretos.

La llegada poco tiempo después de la iluminación navideña trastocó nuestros planes amatorios. Las luces de colores dieron paso ese año a tiras coloridas de neón. Colores llamativos serpenteaban abrazándose a las ramas restando importancia al imponente ejemplar, frente a los destellos multicolor.

—El pino parece la entrada al “paraíso”— dijo mi tío Joaquín, en tono jocoso durante la cena de navidad arrancando una de las escenas más divertidas que yo recuerde haber vivido nunca durante una celebración. El paraíso era una de las señas de identidad del pueblo, más conocido por la casa de citas que por su gastronomía o sus joyas arquitectónicas. Era el único recreo para la treintena de pequeñas aldeas dispersas y aisladas en su mayoría, que formaban el núcleo poblacional. Tras la frase, pronunciada por error, pues no había sido más que un pensamiento lanzado en voz alta por equivocación, casi todos los presentes terminaron retorciéndose por la risa contagiosa que acabó con alguno por el suelo.  

Así con más o menos acierto, la iluminación se fue sucediendo adaptándose a los tiempos, cada vez más sofisticada y glamurosa. No recuerdo todas las navidades de mi vida, pero sí aquellas que por algún motivo evidente grabaron un recuerdo especial en mi memoria.

Durante la videollamada de nochebuena de este año, pedí a papá que saliera a la terraza y me enseñara a Lariqui, como lo llamábamos cariñosamente en casa, como si el pino formara parte de la familia. Mi padre titubeó un poco antes de abrigarse para salir a grabar.

—No te lo he querido decir antes por no ponerte más triste, Lariqui este año no ha sido iluminado. El ayuntamiento como homenaje hacia los que ya no están así lo ha decidido —una punzada en el vientre hizo que me retorciera en la cama del hospital. 

—¿Ves?, eso era precisamente lo que quería evitar. Sabría que te dolería—apuntilló mi padre mientras se pasaba la mano por el pelo desahogando su preocupación con este gesto.

—No creo que a los que ya no están les sirva de nada—gruñí furioso, incapaz de controlar la rabia por reconocer en esta acción una navidad diferente, más dolorosa si cabe por saberla más fría todavía en mi interior. Quería ver a Lariqui como lo recordaba, brillante, glorioso y sobre todo multicolor. Quería que todo fuera sencillamente normal, como lo era a los diez o a los catorce, o como cuando no tenía nada y lo tenía todo.

Cuando recobré la tranquilidad me di cuenta de que mi padre había colgado. Me sentí mal por la salida de tono y me deshice en lágrimas, más por el dolor que sabía había infligido a mi padre que por lo que me estaba pasando. Una hora más tarde mi padre volvió a llamar. Cuando acepté la videollamada trastabillando palabras de forma atropellada conseguí pedirle perdón, pero el gesto de mi padre era distinto, no estaba preocupado, ni siquiera triste, sonreía.

—Tenías razón, no hay mejor forma de honrar a los que ya no están que seguir viviendo, lo he solucionado.

—¿Qué has solucionado qué? —dije sin entender lo que me quería decir.

Giró la pantalla del móvil y lo vi engalanado con guirnaldas de bombillas coloreadas, como cuando era un niño.

—¿Cómo lo has hecho?, ¿cómo es posible?  —grité de alegría incorporándome en la cama.

Las bombillas las tengo desde que las quitaron, las compré al ayuntamiento cuando decidieron cambiarlas por las luces de pu…, —carraspeó un poco antes de seguir mientras se carcajeaba por lo que acababa de intentar decir—quería tener conmigo siempre el recuerdo de tu sonrisa el día que las vistes por primera vez decorando a Lariqui, sabía cuánto te gustaban. El resto díselo a tu Carmela, ha tardado cero coma en ascender por las ramas y colocarlas lo mejor que ha podido. En ese momento giró la cámara y ella apareció de repente guiñándome un ojo mientras me decía:

— Mientras yo te sujete ten por seguro que no te caerás y ahora has estado a punto de hacerlo.

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