Cursos de verano.

Tiré del pellejo que descolgaba del hombro de mi hermana dejando al descubierto la piel rosada que dibujaba descendiendo por su espalda una especie de mapa, esculpido por el sol abrasador de principios de julio. Ni se inmutó. Ella a su vez, hizo lo mismo con Marcela, la vecina, y así nos fuimos despellejando unas a otras. Cuando ya no quedaba piel sobrante de la que tirar nos volvimos a meter en el río. La playa formada por los cantos rodados pulverizados por la erosión, daba paso a una poza que nos cubría hasta el cuello. No había nunca nadie por allí, por eso la abuela Carmen nos dejaba ir solas. Solo debíamos estar atentas a los gritos acatarrados de la abuela y contestar raudas para que ella confirmara que todo estaba bien.

-¡Neeeeeeenaaaaaaasssss!

-¡Taaaaataaaaa, estamos aquí!

Pero aquella mañana sucedió algo. Marcela, que dominaba aquellos parajes como la palma de su mano, susurró que había alguien observándonos escondido. Ella pasaba todo el año en el cortijo puesto que el colegio quedaba a unos veinte kilómetros por una carretera sinuosa que solía estar cortada en invierno. Si hubiera sido chico, su padre la hubiera llevado al internado del pueblo para que aprendiera a leer y escribir, pero como era chica, no era necesario tal menester, eso decía.

Marcela pasaba diez meses del año deseando que llegara julio. Se mudaba al cortijo porque la abuela decía que nos hacía mucho bien y nosotras a ella, puesto que por las noches aprovechábamos para enseñarla a leer y cotilleábamos sobre asuntos que solían entusiasmarla.

-¡Estas nietas mías necesitan espabilar!-, la escuchábamos gruñir a veces.

-¡Les hace falta monte, vida de la de verdad! La Marcela y yo nos vamos a encargar de ponerlas finas, finas. Tan finas, que van a ser capaces de subir los riscos sin manos, apedrear serpientes, y cargarse todo bicho viviente que se les ponga por delante, como que me llamo Carmen la Chusca. Eso sí, tendré que esforzarme en que sus padres no se percaten porque se las llevan de campamento y me las quitan los veranos.

Así fue como año tras año la abuela nos enseñó sus artes de supervivencia y así fue como sobrevivimos a aquella aventura que pudo tener un final diferente.

Las ramas de los arbustos que escondían la poza, rodeándola, empezaron a agitarse por un lateral, sutilmente. Marcela movió la cabeza hacia el lado contrario, indicándonos que nos saliéramos rápido.  Apenas alcanzamos la orilla, un perro salvaje asomó la cabeza amenazante. Babeaba enseñando los dientes mientras gruñía. No se lanzó, pero se movía nervioso, inquieto, de un lado para otro, como si estuviera eligiendo la presa más débil por la que comenzar.

Marcela se agachó despacio, mientras nosotras estábamos petrificadas pegadas al suelo. Antes de que pudiéramos darnos cuenta, lanzó una piedra sobre el animal alcanzándolo en la cabeza. Se derrumbó en el acto, desplomándose en el suelo. Lejos de relajarse, seguía mirando alrededor, como si ese perro no fuera el peligro que ella había percibido anteriormente.

Nunca antes había visto a Marcela con tal mirada de preocupación, parecía otra, parecía que hubiera envejecido de repente y más que una amiga de doce años tuviéramos al lado a la abuela con treinta años menos.

-Tienes buena puntería, estás bien entrenada-dijo una voz proveniente de detrás de los matorrales, justo en frente de donde estábamos.

-Llevamos todo el día buscando a ese perro, está rabioso-Continuó mientras se acercaba a nosotras.

-Ha mordido al hijo pequeño de Manuel, el albardonero, el que vive en el cortijo de la cumbre. Él ha sido quien ha dado el aviso. Todos los vecinos del pueblo andaban buscando el animal. – Cuando terminó se quedó mirándonos asombrado, esbozando una media sonrisa.

-No puedo creer que una niña haya podido derribar a una bestia como ésta- y una carcajada reflejó tanto su asombro como su admiración hacia Marcela.

Habíamos recobrado la tranquilidad disponiéndonos a marchar junto a la abuela cuando sin apenas darnos cuenta el animal se puso en pie y saltó sobre el guarda que había venido en nuestro auxilio.

Fue cuestión de segundos, Amelia, mi hermana, reaccionó empujando al guarda hacia la poza, el animal que mantenía la fiereza, pero había perdido reflejos por la pedrada, volvió a golpearse contra el suelo. El guarda ya no sonreía, estaba blanco como la cal. Tuvimos que acompañarlo y ayudarlo a recuperarse con la ayuda de la abuela.

Lo acontecido fue corriendo de boca en boca como la pólvora. Las autoridades decidieron que nos merecíamos un reconocimiento y nos hicieron un sentido homenaje que ensalzaba nuestro valor y la admiración que nos profesaban. Desde aquel día y a petición de mi abuela, tanto Marcela como el resto de chicas de la zona serían escolarizadas.

Y así es como recuerdo yo aquel verano. Llegaron otros, cambiamos el cortijo por la playa, la playa por otros paisajes, paisajes por países. Marcela quedó atrás, en el recuerdo lejano de la infancia, indeleble.

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